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La magia de las aguas abiertas…

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No tengo miedo …, no estoy angustiada….. ¡estoy nadando1

Apenas han transcurrido 24 horas de mi intento de nado al Estrecho de Tsugaru en Japón y más allá de los acontecimientos que sucedieron, he pasado mucho tiempo reflexionado sobre las emociones que sentí.  Veo las fotos y videos que tanto Nora como Gela tomaron durante el nado y algunas que tomó Yuske Shimasaki, traductor, y me impresiona la fuerza del mar, el oleaje, el viento enfurecido que parecía no dar tregua.  Al ver las imágenes, me sorprendo de verme nadando y mientras lo hacía, ¿qué sentía…?

Llegar a Japón, fue un reto que me tomó además de la preparación propia de natación, muchas horas de trabajo y planeación pero al fin llegamos, pero llegar a Tappi, lugar en el que se inicia el nado y que es la punta más al norte de la isla Honshu, isla principal de Japón, si es toda una aventura.  Inclusive personas de Japón estaban sorprendidas de que mi viaje sería a Tappi y hoy puedo decir con certeza que pocas personas en el mundo conocen este lugar, en el que el viento nunca deja de soplar, y por un lado se extiende el místico Mar de Japón y por el otro el majestuoso Océano Pacífico. Yo no conocía lugares y paisajes como los que mis ojos han visto en Tappi, de una belleza que no se describe y solo se queda en la mente como un suspiro, como un sueño. Los pescadores con sus redes, las montañas verdes que llegan hasta el mar, las nubes que rozan los árboles y el mar de tantos colores y formas que parece irreal.

Tres días esperamos en Tappi para que llegara la fecha esperada del 28 de septiembre, día en que las autoridades japonesas autorizaron mi nado, y en esos tres días, uno de ellos  entrenamos en el Océano Pacífico y dos en el Mar de Japón y cada día descubrimos la belleza del lugar y del mar.

Llegó el 28 de septiembre con mucho viento y el mar, con ganas de no tener a nadie cerca y mucho menos nadando… y sin embargo, el capitán de la embarcación nos dijo, hoy es el día que está autorizado para nadar, eso no nos dio mucho margen de maniobra… A las tres de la mañana, con viento, lluvia y un mar embravecido, comenzamos la navegación hacia el punto de partida y a los 15-20 minutos el capitán decidió regresar a puerto por las malas condiciones, nos dijo que habría que esperar hasta las 5:00 para ver cómo amanecía y decidir si se podía realizar el nado… todo sucedió muy rápido y para cuando me dí cuenta, ya estaba en el agua, ¡nadando!

Cuando me eché al agua, fue una sensación tan extraña… el mar estaba tan bravo, el oleaje y el viento hacían prácticamente imposible nadar más de tres o cuatro brazadas si tener que tomar aire antes de la siguiente ola que me revolcaba y lo más sorprendente es que yo estaba ¡en paz! Durante la madrugada había estado muy enojada por las condiciones atmosféricas, había sentido mucho coraje y rabia de pensar que me podía haber tocado un buen día para nadar, y no fue así, y sin embargo, al estar en el agua, estaba  tranquila tratando de fluir con las olas, disfrutando el azul del Mar de Japón, las aguamalas de todos tamaños y formas que veía en mi camino, escuchando el silencio de estar bajo el agua, respirando como podía entre una ola y otra para luego volver a sumergir mi cabeza en el agua y llenarme de ese azul profundo que me mantenía dando brazadas una tras otra.  Así pasaron cinco horas, pensé mucho en mis hijos Lalo y Andrea, en su amor, en su alegría,  fortaleza y sobretodo, en lo que hemos logrado como familia, creciendo juntos llenos de amor. Pensé en los nados que he hecho en los últimos ocho años y cómo todos han tenido un significado especial, pensé mucho en Gibraltar. Pensé en el camino de amistad que me había llevado a Japón y veía a Gela y a Nora, textualmente batallando en la embarcación, sosteniéndose para no caerse, para irme cuidando, para mostrarme su mejor cara, su cariño y así el de tantas personas que me han fortalecido en estos nados y en estos tiempos difíciles  y seguí nadando.

No sabía cuánto tiempo iba a poder nadar en estas condiciones de oleaje y viento y en un momento que giré mi cabeza para respirar vi el cielo más nublando y sentí el oleaje más complicado y me quedó claro en ese momento, que la naturaleza estaba siguiendo su curso y simplemente yo estaba a la mitad de un lugar en el que no tenía que estar, tan sencillo y tan simple. Al girar mi cabeza hacía la embarcación, vi a Nora que me indicaba que me acercara para decirme que en esta ocasión, había que salir del agua, no podía seguir así. Dí unas cuantas brazadas más, para grabar en mi mente ese azul maravilloso del Mar de Japón que no solamente me dio la bienvenida el primer día que entrené sino que en ese momento parecía que me invitaba a regresar. Me subí a la embarcación y lloré un par de lagrimas de emoción, al reconocer a la naturaleza implacable y majestuosa y al saberme algo muy pequeño pero al fin,  parte de ella…

Hoy amanecí y corrí a la ventana para ver cómo estaba el viento y cómo pintaba el día… amaneció como tenía que amanecer, un nuevo día, increíble y maravilloso, como cada día y decidí que lo mejor que podía hacer hoy, es lo que sé hacer todos los días y que me gusta tanto, ¡echarme al agua y nadar un rato! Ahí estaba el mar, no tan picado como estuvo ayer pero majestuoso como siempre. Nadamos un rato Gela, Nora y yo, disfrutando cada brazada, sabiéndonos afortunadas de poder gozar de este lugar y agradeciendo que esta aventura nos ha permitido aprender y crecer no solo como personas sino también en amistad.

Al salirme del agua, me sostuve de una roca a la cual abracé, como abrazando un sueño que queda pendiente para otra oportunidad.

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